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"Nada de lo escrito antes de 1980 tiene que ver con lo que yo soy ahora, con la crítica que se percibe como yo misma hoy. A partir de 1980, con variaciones, soy lo que soy hoy. El gran quiebre de mi vida fue la dictadura militar. Ahí mi vida colapsa. Hasta 1976, yo no hubiera pensado que me iba a convertir en crítica literaria, en ensayista, que iba a enseñar. Yo era más bien una militante política que podía hacer alguna de esas cosas pero no como una actividad central. Entonces, después de salvar la vida, vuelvo a leer algunos textos de Gramsci, de Lenin, de Althusser. Y me abro al campo de los estudios culturales. Y leo los autores que hoy son fundamentales para mí. Leo a Benjamin, a Raymond Williams. Barthes había sido una presencia desde antes. No reniego de esos textos anteriores, que queden donde están, en las publicaciones donde aparecieron. Pero no voy a hacer un movimiento deliberado de traerlos al presente. No me reconozco ahí. Por lo tanto, puedo decir que me constituyo muy tarde, alrededor de los cuarenta años. Para decirlo con un término de la tradición marxista, realizo una crítica de la conciencia filosófica anterior".

En una charla distendida, Beatriz Sarlo suelta cositas como esta. Y por acá, se pone un poquito más militante (anti K)
“¡No, che, el baúl no, que ahí tengo la droga!” Fogwill, que tiene libros y no droga en su baúl, es también un cantor. Llena los silencios de la conversación entonando vocales que da gusto: un show. Pero incluso al hablar su voz es magnética, y noto que, lenta pero sólidamente, los empleados del lugar nos rodean (cinco o seis, petisos, morochos). Intento retomar la conversación.
–¿Entonces el arte ocupa necesariamente un segundo lugar?
–Tenés escritores como [Ricardo] Piglia, que una vez declaró no haber tenido hijos para dedicarse de lleno a la literatura –relata Fogwill frente a su nutrido y atento auditorio–. ¡Qué horror! Cuando escuché eso yo tenía cuatro hijos (ahora cinco), y me imaginaba un tipo usando forro todas las noches para que después no venga un chico a molestarlo cuando está en la computadora, y luego chupándole la concha a su mujer con gusto a goma. ¡Qué horror!

(entrevistado por Andrés Valle)
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La idea que motiva este trabajo es la de intentar pensar, a partir del material proveído por la cátedra más alguna que otra lectura personal, la particular tensión que se nos presenta como futuros profesionales de la comunicación a la hora de articular nuestra producción —tanto teórica como también práctica, por qué no— con los actuales avances tecnológicos promovidos por el desarrollo conjunto de la ciencia y la técnica en el campo de las comunicaciones (adelantos claramente ‘arraigados’ en ese —nuestro— ámbito de intervención social) que nos plantea este ya no tan ‘nuevo’ mundo globalizado.

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“La literatura argentina comenta a través de sus voceros la historia de los sucesivos intentos de una comunidad por convertirse en nación”, sostiene David Viñas en su aguda Literatura argentina y política, trazando una perspectiva que le permitirá encontrar dentro de este complejo ámbito comunicativo los “momentos de emergencia” en que los escritores “dejan de ser literatos para considerarse autores”. Es decir, los momentos en que el sendero de la literatura se yuxtapone con el de la actividad política y configura un espacio particular en el orden de lo cultural; y que puede rastrearse a lo largo de nuestra historia como país, evidenciándose con mayor fuerza, quizás, en los momentos en que esa identidad nacional (categoría imaginaria por excelencia, como sabemos) se problematiza como intento de garantizar una “autonomía” y una “autenticidad” como “significación totalizadora”, en la lucha de los grupos sociales por imponer su proyecto.


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Hoy pensé en ella, nuevamente. Creí haberla visto en el laburo, en el pasillo de enfrente (a mi local). Siento que me comporté como un gil al pretender asegurarme que realmente se trataba de ella. No me arrepiento, pero creo que me gané la compasión de mis adláteres.
Ya más tarde, volví a sentirla cerca. Fue revisando entre el correo viejo: buscaba no se qué y de pronto me encontré con un mensaje de amor, bellísimo, que alguna vez supo componer a las apuradas desde algún cyber de la terminal de ómnibus. Se iba, pero antes decía que me quería y que necesitaba un abrazo mío. Me sentí un gilazo de nuevo (sic). Por quererla, todavía...Y así, hasta que ya no me quiso más. Habían pasado (sólo) dos meses entre aquel mensaje y su ausencia definitiva.
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Hay días en los que tengo sed. Y es una sed insaciable, infinita. Que no se quita con nada. Sospecho que por más que lo intente, nunca lograré mitigarla con éxito.
Hoy me sentí raro. Una sensación que no se repetía desde hacia algún tiempo, algunos años —quizás— por ser un poco un poco más exacto. Extraña sensación, cercana a la angustia. Y me dieron ganas de escuchar algunos viejos temas de Fito, también.
Las noticias son las de siempre. Y me pregunto si alguna vez voy a ser alguien. O si eso realmente valdrá la pena.
Y ya tengo veintitrés (¿ya?). Y creo que todavía voy a cumplir varios más de estos años terrestres. Y estoy solo, en mi habitación. Y pienso. Y leo. Y pienso (mejor). Aunque creo que nunca es suficiente.
¿Aprenderemos exhaustivamente, correctamente, algo alguna vez? ¿O será que estamos acá para nunca terminar de entender todo de una vez y para siempre?
Aunque a veces creo que quizás no se trate de entender las cosas sino de vivirlas. De actuarlas, y ya.
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(...) Lo que se deja leer en la literatura actual, en los textos que amamos, es un anuncio de esa amistad estelar en la cual “yo” nunca es “yo” pero nosotros somos todos y ninguno. Con gran ligereza, nos hemos acostumbrado a asociar el “yo” al testimonio y hemos asimilado la vivencia y la experiencia, como si se tratara de lo mismo. Tal vez ha llegado la hora de decir, no una vez más que “yo es otro” sino que “el otro es yo”.

No se trata de dejarse anonadar por el subjetivismo (después de todo, una mera ilusión del discurso) ni de levantar las armas contra él, refugiándose en no se qué distancia hipotética de la tercera persona (después de todo, otra ilusión del discurso). De lo que se trata es de leer las lagunas, el no-lugar de la articulación en la que el yo tiene lugar[7].

Ya sea Los rubios, la ejemplar película documental de Albertina Carri (que no solo reduplica el yo, sino que además brinda testimonio de dos cosas bien distintas) o de Portarretratos, el extraordinario ciclo coordinado por María Moreno en el Canal de la Ciudad (donde el plural del título indica que la serie de doce programas funciona como una sucesión de marcos de un retrato mudo, precisamente el de María Moreno, que acompaña desde el ángulo superior derecho de la pantalla el discurso de aquéllos a los que ha convocado para que, al decirse, digan lo que ella no puede decir sobre sí), lo que importa no es tanto la verdad de lo dicho sino la experiencia que se hace cada vez. Se trata sólo del pase del testigo, aunque el testigo venga a decirnos que nada sabe y ni siquiera (o sobre todo) por qué se ha puesto a hablar ni en nombre de qué causa. Expone su extimidad. Y si quiere decir lo más íntimo de sí, escribe lo que piensa.

Texto completo, acá
DINERO POLEMICO : DESPUES DEL CASO SKANSKA

Más sospechas sobre los hombres de De Vido

Marcelo Canton
mcanton@clarin.com


Exequiel Espinosa y Claudio Uberti son dos espadas importantes en el equipo de Julio De Vido. Ambos ahora quedaron envueltos en la investigación por el sospechoso ingreso al país de US$ 800.000. Pero no son los únicos funcionarios del Ministerio de Planificación bajo la lupa de la Justicia.

Espinosa comandó las operaciones de YPF en Indonesia y trabajó en Perez Companc. Es un ingeniero reconocido como un técnico experto, de bajo perfil. No registra militancia política, aunque en 2004, cuando el Gobierno creó ENARSA, la empresa estatal de energía, Espinosa era secretario de Hidrocarburos de Chubut.

ENARSA es una empresa que el Gobierno fundó para ser la referencia del sector energético, pero que aún no logra hacer pie. Importa gas de Bolivia, tiene áreas petroleras off shore que explora con Petrobras y Repsol, está implicada en la construcción del gasoducto desde Bolivia y en la compra de 5 usinas eléctricas.

Claudio Uberti es la contracara de Espinosa. Extrovertido, siempre usa relojes de lujo, en su despacho tiene fotos con Néstor y Cristina Kirchner. Es un hombre de la política, a quien definen como la mano derecha de Julio De Vido. Su cargo formal es titular del ente regulador de las autopistas (OCCOVI), aunque es quien comanda las millonarias negociaciones comerciales con Venezuela, desde los convenios con PDVSA a la venta de maquinaria agrícola.

Espinosa y Uberti venían de Caracas de negociar la instalación en el país de una planta regasificadora de US$ 400 millones. El avión que alquilaron era el que transportó el dinero sospechoso y ellos quedaron envueltos en la polémica. Antes, el Ministerio de Planificación apareció en el centro del caso Skanska, en el que se investigan sobreprecios en la construcción de gasoductos. Un hombre fiel a De Vido, Fulvio Madaro, entonces titular del ENARGAS, fue echado por esa causa. Junto a él se tuvo que ir uno de los titulares del fideicomiso del Banco Nación que financia las obras, Néstor Ulloa.

La lista de colaboradores de De Vido bajo la lupa judicial no acaba ahí. El secretario de Transporte, Ricardo Jaime tiene más de 10 causas penales en las que aparece involucrado por cuestiones vinculadas los ferrocarriles, distribución del gasoil diferencial y licencias de colectivos. Le imputan, entre otros delitos, malversación de fondos públicos y abuso de autoridad. En causas también ligadas a subsidios y falta de control están implicados el ex subsecretario de Transporte Ferroviario, Julio Montaña y el titular de la CNRT, Pedro Ochoa Romero.
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Este es el blog que un amigo porteño (estudiante de Letras, él) comparte con otros chabones que están en-la-onda. Les paso algo muy copado que escribió inspirado en la lectura de un "clásico " de la Sociología Académica:

El octavo loco: las extrañas propuestas de Comte


La clásica definición de diccionario resume la vida intelectual de Auguste Comte. Nos enteramos de que nació en 1798, murió en 1857 y que además de ser el padre de la sociología también fundó el positivismo. Se nos explica que según Comte el hombre atraviesa tres estadios que son el teológico, el metafísico y el positivo. Finalmente accedemos a una breve enumeración de sus obras: Curso de filosofía positiva, Sistema de política positiva, Catecismo positivista.
Ahora bien, si por un lado la definición condensa de modo contundente los conceptos más conocidos del pensamiento comtiano, por otro lado permite la fuga de un proyecto científico-político que pocas veces se narra. Es verdad que un diccionario no es justamente un portador de complejidades críticas (pareciera mas bien lo contrario, algo así como un necesario hacedor de reduccionismos) y sin embargo, basta con abordar otros tipos textuales como el envejecido manual o el ensayo académico para corroborar los logros del mataburros. Hablando en criollo: el diccionario dice de Comte, palabras mas palabras menos, lo mismo que cualquier otro libro que hable del positivismo.

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Imperdible esta nota de La barbarie sobre estructura de clases en Argentina:

Siguen siendo las coaliciones de clase

Bueno. Parece que mi post anterior, que yo suponía iba a poner a la gente a dormir, armó sin embargo un lindo debate.

Artemio, sin ir más lejos, publicó un contra-post en su blog, señalando los determinantes sociológicos estructurales que vuelven imposible, aquí en éste, nuestro querido país, la conformación de una socialdemocracia “a la europea”.

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(Este fue mi segundo posteo para el Seminario de Integración y Producción)

Debo reconocer que Scott Lash suena convincente: vivimos en “inmanencia” con los objetos de este mundo, con los que nos “afectamos” de manera recípoca; lo real esta “a mano” y listo para que “juguemos” con sus partes componentes. Este “real” de los juegos y del orden global esta “desarraigado” y es el espacio donde nos relacionamos digitalmente con los otros (sin mayúsculas, no hay aquí pretensión de trascendentalidad alguna). Y es, desde luego, el lugar ideal para que circulen “empíricamente” las comunicaciones (que no implican la trasmisión de las “esencias” de las cosas sino meros comentarios —“intuiciones”— de las “experiencias” con esos objetos, que son los objetos-del-mundo). Para esta fenomenología, el pensamiento no se constituye en teoría o método sino en “reflexiones” (que incluso están “encarnadas” en esas mismas experiencias con las cosas: ya no hay tiempo para la “interrupción” del pensamiento (¿fuerte?) Es más, se concluye que en la ‘era de la información’ ya no hay tiempo que perder...

Ahora —y si se nos permite el atrevimiento de pisar el freno, cuanto sea por un momento — ¿resultará muy inoportuno, a esta altura del viaje, preguntarnos hacia donde vamos (y por qué tanta prisa)? Plantear este interrogante, ¿implica per se desconocer el actual estadio que ha alcanzado el desarrollo tecnológico, sobre todo en materia de comunicaciones? ¿Cómo lograr que una reflexión sobre la técnica no termine adhiriendo a una postura definitoria en relación a este tema (“apocalípticos e integrados”, de acuerdo a la distinción de Umberto Eco; “tecnófobos versus tecnófilos”,como los ha llamado Lucien Sfez)?

En mi posteo anterior hice mención a que los discursos sobre la técnica se presentan de modo narrativo, “ficcional”, por lo que aparecen profundamente cargados de elementos ideológicos que los legitiman como tales. De esta manera, se concluye que es difícil resistir a la tentación de ubicarse detrás de alguno de los dos bandos a la hora de hablar (y de pensar) sobre tecnologías. De cualquier manera —y para no traicionar eso que llaman honestidad intelectual— reconozco que no soy un fervoroso entusiasta de las nuevas tecnologías (creo que no llego siquiera a la categoría de “entusiasta”), lo cual no me impide reconocer algo que es evidente: el grado de penetración que ellas han logrado en la cotidianeidad de las relaciones humanas; el nivel de mediatización en el que se producen actualmente los intercambios simbólicos entre los individuos. Es indudable que estamos en los albores de una nueva etapa histórica, como consecuencia del acelerado desarrollo alcanzado —de manera conjunta— por la ciencia y la técnica actuales. No obstante, este dato de la realidad no debería eximirnos de señalar algunas particularidades de tal fenómeno.

En primer lugar, creo que es conveniente desestimar cualquier tentación a encolumnarse detrás de alguna de las dos posturas que denunciábamos antes. Argumentar que o “estás con la técnica o contra ella” (y a favor de un bucólico ‘estado de naturaleza’), me parece una premisa absurda y estéril que nos aleja de cualquier posibilidad de articular una visión —y una crítica— integral respecto de un fenómeno materialmente concreto; que está ahí, “encarnado” en los cuerpos, para decirlo con Lash. Del mismo modo, me parece que también resulta imprescindible relativizar la idea de que el desarrollo de la técnica constituye el fundamento de los cambios en la vida de los individuos (y en esto también coincido con un otro posteo); mejor dicho, creo que sería conveniente otorgarle la relevancia adecuada en este proceso: si bien los desarrollos tecnológicos se “arraigan” inevitablemente en nuestros cuerpos, no son el único factor determinante en los procesos —¿evolutivos?— de los colectivos humanos. Si bien sus ‘consecuencias inmanejables’ facilitaron en gran medida los procesos de globalización de la economía y con ello los de la(s) cultura(s) —concedamos, a pesar de que el contenido de la Red continúe hegemonizado por el idioma del Imperio— ellos estuvieron acompañados de discursos sociales, para volver nuevamente a Sfez, que operaron (operan) de manera “fetichista”, anteponiendo la Parte al Todo: “la técnica por la producción, la producción por el conjunto de la economía. Así las llamadas ‘nuevas tecnologías’ se toman por el conjunto de la técnica, por toda la economía, y se de por supuesto que la ‘nueva economía’ (la de las ‘nuevas tecnologías’) finalmente reemplazará a la ‘vieja economía’ (1). Y lo más loco de todo esto, como subraya este autor, es que se trata de un fenómeno para nada nuevo, del mecanismo por excelencia con el que opera la Ideología: son metarrelatos que “estructuran el razonamiento” (y aquí no es casual el retorno de cierto ‘pensamiento mágico’, esta vez basado en la promesa redencionista que traen consigo las nuevas tecnologías).

No obstante, no perdamos el norte: aprovechemos este espacio para reflexionar sobre los usos y las incidencias de las nuevas tecnologías en el campo de la comunicación. Se nos exhorta —laudablemente— a (re)pensar nuestra labor e imaginar escenarios futuros: vale! Pero esta tarea, a mi modo de ver, no puede escindirse de un análisis de las condiciones del ‘campo’ (para utilizar ese rico concepto de Bourdieu) en el que nos desenvolveremos como próximos profesionales, un espacio cada vez más ‘racionalizado’ y dominado por la lógica del mercado que condiciona nuestro accionar como comunicadores (sobre este punto, me permito una breve pero —estimo— sugestiva digresión: creo que a la hora de hablar de comunicación deberíamos especificar que sentido específico le otorgamos al término, a los fines de evitar una petición de principio, ese vacío que aparece cada vez que por la calle nos preguntan “qué-es-eso-de-la-comunicación social”. En mi caso particular —y en este punto, coincido con lo expresado por varios compañeros— creo que hablar de comunicación implica como contraparte obligada una ‘intencionalidad’ transformadora, cuestionadora de las relaciones sociales objetivas. Pero ¡ojo! Que nadie se asuste. Nadie habló de hacer una revolución ni nada por el estilo. Todavía podemos hacer algo sin movernos del living de casa. Sigamos...) No quiero —ni creo que tampoco se pueda, desde nuestro lugar de futuros egresados de la universidad pública— dejar de confiar en un potencial de este tipo si lo que se pretende es que los intercambios simbólicos entre los sujetos tiendan a desarrollarse en el marco de valores como la paz y la amistad, esos mismos que invocaba Spinoza a la hora de construir su anhelada ‘communitas’. Y para que fundamentalmente, para seguir con este filósofo, esas ‘afectaciones’ —que siempre son recíprocas, y quizás de allí provenga aquel a veces olvidado segundo término que completa y dimensiona el nombre de nuestra carrera— logren potenciar nuestro cuerpo y nuestra capacidad de actuar para generar los ‘encuentros’ necesarios para ampliar nuestros —siempre relativos y tensionados—márgenes de libertad.

Pero desde ya que este estado de cosas (según los que saben, hoy ya no intercambiamos símbolos entre nosotros sino que los padecemos) no nos exime de responsabilidades: de que serviría quedarse cruzado de brazos y deponer nuestras armas —la de una producción sino “teórica”, para no irritar a nuestro amigo Lash, al menos interactivamente crítica, digamos— ante un enemigo —¿está mal que diga que el capitalismo no me simpatiza o que me sienta desengañado de sus supuestas ‘bondades’?— que se reconfigura (estratégica y) constantemente. Y si bien —advierto que esto ya ha sido escuchado en clases más de una vez, aunque aun no logro comprender porqué tanta insistencia— esta materia no es una clase de teoría política (ni que hablar de una “Célula Revolucionaria para la toma del Poder”, como simpáticamente bromea el profesor De la Torre), de lo que se está hablando todo el tiempo es de poder. No ya de cómo coordinar un asalto palaciego, como se ha señalado insidiosamente alguna vez, sino de intentar en primer lugar comprender como funciona, circula y se distribuye ‘reticularmente’ ese poder en un mundo cada vez más ‘interconectado’ a través de redes tecnológicas.

(Segunda digresión: confío en que la crítica al concepto de ‘representación’, —como una bolsa en la parecería caber todo, hasta el marxismo (¿cómo ideología, como filosofía crítica? ¿bajo su aplicación “real” en los comunismos asiáticos y europeos? ¿en su lectura latinoamericana?)— que sobrevuela frecuentemente las plenarias sirva para criticar los aspectos más ortodoxos y esquemáticos de dicho pensamiento. Caso contrario, considero que los efectos de semejante diatriba constituirían una pérdida antes que una ganancia a la hora de realizar una (estoy tentado a decir profunda) crítica al funcionamiento de la dinámica social.
Insisto (y con esto no quiero sonar apodíctico ni usar un tono “académico”, sólo escribo lo que se me ocurre en este espacio gratuito y compartido): me parece indispensable retomar —para actualizar— desde el ámbito de las ciencias sociales la tarea iniciada por Marx a los necesarios efectos de articular su pensamiento (como tarea continua y constante) con otras teorías si lo que se pretende es, no digamos ya orientar a la Humanidad —evitando el pecado de caer en ese pedagogismo tan caro a la izquierda— sino intentar comprender este nuevo mundo de ‘flujos’, cada vez mas ‘deterritoralizado’ por el funcionamiento tendencialmente globalizado de la economía (2) )

Apuesto todas mis fichas (confieso que no me queda otra) a que desde nuestro singular —¿o sinlugar?— espacio de comunicadores en el mundo, como dice una docente de la carrera, podemos intervenir críticamente el espacio comunicacional actual —tercera entorno o mundo digital— a partir de la construcción de mensajes inspirados en un profundo sentido humanista y ‘revelador’ de las situaciones de dominación en la que estamos inmersos (y contribuimos a reproducir todos los días). Intervenir críticamente e interpelar políticamente a los sujetos desde ese espacio creo que constituiría la mejor forma de ‘reflexividad empírica’ que se demanda desde la cátedra. Bueno sería tener en cuenta para este verdadero desafío simbólico, las máximas que Bourdieu demandaba a la sociología: ‘desnaturalizar lo obvio’, ‘desfatalizar el orden social’, ‘descubrir lo arbitrario ahí donde se quiere ver la necesidad o la naturaleza’. “No hay poder —decía— que no deba una parte, y no la menos importante, de su eficacia al desconocimiento de los mecanismos en los cuales se funda”.

(1) Lucien Sfez, “Técnica e ideología, un juego de poder”. Prólogo, p. 15.
(2) En este pasaje tomo prestadas algunas ideas del sociólogo argentino Eduardo Grüner.
Dice Eduardo Grüner sobre la relación entre la religión y la experiencia (originaria) de 'lo político':

"El cristianismo, por así decir, "psicologiza" la experiencia de lo trágico–político, operando un pasaje de la cultura de la vergüenza (pública) a la cultura de la culpa (privada, interiorizada), pero reteniendo de la tragedia el momento mítico de la violencia sacrificial , sólo que ahora individualizada y "subjetivada": cada sujeto es, ahora, el sacerdote, el oficiante , de su propio sacrificio; desde allí, la violencia de la dominación aparece como auto–dominación, como la iniciativa privada de cada sujeto, que repite cada vez para sí mismo el sacrificio original de la Caída. Como lo ha mostrado Leon Rozitchner, esto, además, allana el camino para la nueva religión de la mercancía, al menos desde San Agustín, que diez o doce siglos antes de la emergencia del capitalismo descubre la noción del Equivalente General del dinero... en Dios".

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Zapping

por Daniel Link

Lo más irritante de las teorías a la moda (y por eso mismo, pasajeras como aves de estación) sobre las relaciones entre tecnología y vida cotidiana es el irreflexivo optimismo o el populismo claudicante que suelen preconizar. Los ideólogos de la televisión por cable intentaron siempre convencernos de la diversidad de la oferta cultural que significaba contar con setenta canales a nuestra disposición. Insistieron, en su momento, en las propiedades democráticas y prácticamente revolucionarias del zapping, que permitía al televidente el armado de imágenes y secuencias narrativas libradas a su soberano arbitrio. Nosotros, que durante mucho tiempo hemos estado acostándonos temprano, con televisión por cable y con control remoto, sabemos hasta qué punto estamos presos de la ronda nocturna por los canales que integran el paquete de nuestros "favoritos" (nadie es tan demente como para pasar por el stock completo) y el hastío que las horas dedicadas a esas buscas insanas nos provocan. El zapping es una adicción y, como toda adicción, sólo sirve para matar el tiempo y anestesiar nuestra conciencia (...)

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