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El "partido del campo" y las nuevas formas de la restauración

Por Ricardo Forster

Observar la escena contemporánea constituye, para quien busque atravesar la capa de superficialidad mediática, una excelente oportunidad para leer en espejo nuestra historia, para entablar un diálogo imaginario entre ciertos momentos decisivos del pasado argentino y una actualidad que tiene la extraña virtud de permitirnos descubrir los fondos espectrales de una realidad destemplada pero cargada de inéditas posibilidades. Como si algunas voces olvidadas se mezclaran entre los actores que hoy se expresan en el escenario de un conflicto de cuya resolución dependerá el sentido de lo que vendrá en los próximos años. Porque lo que se juega en estos días arduos, complejos y decisivos no es sólo el mañana sino, también, los relatos del pasado, la trama más profunda y significativa de los derroteros históricos de un país que nunca deja de dirimir sus diversos relatos fundacionales allí donde lo que parece acontecer es del puro orden del presente.

Que hoy se hable del “partido del campo”¡”, y esto más allá de sus posibilidades ciertas de cristalizar en esa dirección, implica que nos enfrentamos a un actor cuya larga presencia e influencia en la historia argentina es más que evidente como para sorprendernos ante su actual protagonismo. Lo que tal vez resulte novedoso, hasta cierto punto, es la claridad meridiana a través de la que los exponentes de los intereses agropecuarios manifiestan su “vocación” de poder, su entrada con bombos y platillos en la batalla política, la que hoy se da, entre otras cosas, para definir el rol del Estado junto con una sorprendente capacidad para apropiarse de tradiciones que le eran ajenas del mismo modo que destiñen hasta apagarle toda coloración las diferencias históricas que separaron a la Federación Agraria de la Sociedad Rural, que es lo mismo que decir a los pequeños productores de los grandes estancieros. Lo “nuevo” de esta nueva derecha agraria radica precisamente en sus giros virtuosos hacia lenguajes democráticos y hasta progresistas en el preciso instante que asumen la plena naturalización de los ideales neoliberales, aquellos que giran en torno del valor absoluto de la riqueza, del festejo del derecho a disolver la presencia “asfixiante” de un Estado “confiscatorio” y a la potencialización del “goce individualista” de la renta propia. Su originalidad es que han logrado mimetizar sus intereses sectoriales, su avidez rentística, con los imaginarios de amplios sectores medios de una sociedad que hace tiempo han perdido la brújula dejándose orientar por las retóricas brutalizantes de las corporaciones mediáticas que, en la actual coyuntura, han optado clara y decisivamente por los dueños de la tierra. Extraña parábola argentina en la que el kiosquero de la esquina considera que Miguens o Buzzi defienden los intereses nacionales frente al avance de un Estado depredador y populista.

Pero lo que hay que pensar es el modo en que han logrado apropiarse de los “discursos de la patria” generando una alquimia de retórica normalista (vehiculizada desde siempre por la machacona insistencia de cierta docencia argentina en afirmar al campo como eje de la nación, como núcleo genuino de nuestras riquezas y de nuestras virtudes) junto con una extrema capacidad para entramarse en expresiones y modos supuestamente populares (la figura de De Angeli ahorra todo comentario, su semblanza de gringo de la tierra, simple en su decir, honesto a fuerza de representar al hombre de campo, al chacarero que se desloma de sol a sol trabajando con sus propias manos mientras los otros, los de la ciudad, los políticos, los de palabras difíciles, se dedican a vivir a costa de sus sacrificios, de su enorme capacidad para producir “la riqueza nacional”; ya Horacio González hizo una fina descripción de lo que se guarda en la figura de un De Angeli como núcleo de un decir campechano que vehiculiza mediáticamente los intereses de la derecha). Una retórica que también ha buceado en las antiguas querellas entre unitarios y federales con el afán de imponer, sin decirlo, las ideas de un liberalismo antiestatalista que, por las necesidades del día, se viste de federalista allí donde serlo supone debilitar la posibilidad misma de asumir, por parte del Estado, la función distribucionista de una renta extraordinaria. Un federalismo de pacotilla, ausentado de sus raíces populares e igualitaristas, para ponerlo al servicio de la defensa a ultranza de su propia renta. El ejemplo de lo que está sucediendo en Bolivia, el chantaje autonomista de los grupos económicos concentrados de Santa Cruz de la Sierra y Tarija entre otros estados en los que la fertilidad del suelo y las riquezas gasíferas y minerales que le pertenecen a todo el pueblo boliviano son el verdadero motor de su autonomismo, constituye un ejemplo de primer orden para leer lo que puede significar entre nosotros el retorno de un federalismo construido desde el puro oportunismo de los poderes económicos agropecuarios. Hablar hoy de centralismo porteño no supone asumir la tradición de Dorrego sino defender, sin decirlo, intereses sectoriales.

Tal vez le quepa a la Federación Agraria la mayor responsabilidad en dotar de novedad discursiva a esta nueva derecha agraria, allí donde le ha transferido banderas y tradiciones que hunden sus raíces en genuinos movimientos emancipatorios, aquellos que desde principios de siglo veinte se enfrentaron denodadamente a la brutalidad arrogante de la vieja oligarquía. La sagacidad de un Buzzi no ha sido otra que la de posibilitar esta transferencia de insumos ideológicos en una época dominada por el desfondamiento y el travestismo que permite, entre otras cosas, que en un acto como el del último 25 de mayo y rodeado de la flor y nata del mundo agroganadero, se hayan podido mezclar las palabras conservadoras con las retóricas igualitaristas, el ultraliberalismo de Llambías con la figura de Evo Morales o de las Madres de Plaza de Mayo. Oportunismo garantizado por una época en la que cada mañana se puede comprar en el mercado persa de los valores el que mejor se adecue a las necesidades del día. Es en este sentido que entre Buzzi y De Angeli se despliega el núcleo original de este intento de partido agrario en el que todo se puede conjugar: los intereses de la Sociedad Rural, su acérrimo antiestatalismo construido de acuerdo con sus conveniencias, las cacerolas reaccionarias y procesistas de Barrio Norte, el conservadurismo clericalista de amplios sectores de “tierra adentro”, el pasado progresista de la Federación, el Grito de Alcorta con Martínez de Hoz, el PCR con la Coalición Cívica, el espectáculo mediático amplificado por las corporaciones encabezadas por el grupo Clarín, y un profundo gesto antipolítico de amplios sectores de nuestra sociedad que ven precisamente en “la gente del campo” la verdadera instancia que puede enfrentar el avance del populismo. Un partido “ecuménico” que dice representar a diversos actores sociales cuando en realidad lo que hace es defender a ultranza la renta agraria de aquellos mismos que ellos han canonizado como “los productores”.

Una nueva derecha que intenta, entonces, asociar distintas tendencias de época y que busca constituirse en portadora de un relato capaz de reescribir al mismo tiempo la historia y el presente de acuerdo con una pastoral que hace centro en las virtudes del campo, en especial aquellas que logran asociar, en el imaginario colectivo, trabajo y riqueza junto con honestidad e intenciones genuinas. Una pastoral amplificada por los medios de comunicación que se han cansado, a lo largo de estos meses, de resaltar el papel de “la gente” frente a los “piqueteros rentados y violentos”, que no han dejado de recorrer una tras otra todas las formas del sentido común más burdo y reduccionista, aquel que suele culminar en el racismo y el prejuicio pero travestidos en la opinión de la gente decente, la que quiere trabajar y vivir con seguridad. Una nueva derecha que buscará asociar ese relato bucólico con las demandas de seguridad y libertad de mercado que se manifiestan entre las clase medias urbanas junto con una retórica “políticamente correcta” propia del universo de gran parte del progresismo contemporáneo que ha hecho del “estilo de vida” el norte de su existencia hedonística, esa que debe protegerse del avance del demonio populista. Las cartas comienzan a echarse, habrá que ver cómo se comportan los jugadores.

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Por qué es imprescindible una nueva Ley de Radiodifusión

Por Claudio Morgado para Artepolítica
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A propósito de que finalmente se ha puesto en debate la modificación de la ley de radiodifusión o la sanción de una ley de radiodifusión en democracia o de un nuevo marco legal que regule la radio y la televisión, o como quiera llamárselo, nos pareció oportuno hacer un pequeño ejercicio de tratar de indagar de qué estamos hablando.

Cuando se habla de la modificación de leyes como las de educación o de salud o del régimen penal, todos tenemos más o menos en claro de qué se trata. (Apelo al todos en el sentido más amplio del término, porque para los incluidos en el "ambiente vinculado a los medios de comunicación" se trataría de una obviedad.) Por eso, me pregunto: ¿sabemos todos de qué hablamos cuando decimos radiodifusión?

nota completa, acá
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(...) cuál es el grado de espontaneidad con que fueron los identificados con el PJ o con las organizaciones K, aunque entusiasmo se les veía (a diferencia de aquellos actos en el conurbano de la época duhaldista, en que a duras penas hacían el gesto de aplaudir, choripán en mano, cuando alguien indicaba o el discurso lo sugería). Pero sí hubo mucha espontaneidad en mucha gente de clase media muy urgida de diferenciarse de sus vecinos y parientes de clase media afiliados provisoriamente al partido cacerolero. Eso fue lo nuevo, o lo distinto. “No nos une el amor sino el espanto”: otra vez la vieja frase. Pero en ese espanto hay un amor, no crean. No es el espanto de los otros, que temen precipitarse en el abismo si se ven obligados a que sus hijos compartan escuelas estatales con los chicos de la villa. Este espanto, el “espanto bueno”, diría, es miedo de perder lo poco que tenemos y que a dura penas se mantiene, y también rechazo a que se imponga una concepción, esa que, como describe Sbariggi, se plantea desde la vereda de enfrente: anulación de la política como transformadora de la realidad, obediencia debida a la renta sojera, acumulación de masa crítica de derecha en plan “preideológico”, marxismo que le hace número y activa para la derecha en nombre de “los pequeños productores”, etc. (en el “etc.” entrarían varias cuestiones más: apocaliptismo de Carrió, el inocultable descaro con que operan los grandes medios). Parece ser que “otra clase media” decidió salir a la luz, sin identificarse, en la mayoría de los casos, con el Gobierno, pero opuesta al otro gobierno de facto que ya está operando como un contrapoder en el país. En cierto modo (permítanme exagerar) estamos como en la anarquía de principios del siglo XIX.
Esto no basta, me parece, para poder decir que surgió un nuevo sujeto político . Pero permite dejar esbozada la idea, lo que no es poco. Hay un embrión, una base, no es cien por ciento fantasía.
Otra cosa interesante es que, aunque es verdad que lo que se observa es la aparición de “diversos agentes, individuales y grupales, políticos y sociales, carentes de articulación entre sí, como participantes de un sistema de relaciones radiales que tiene a Néstor y Cristina en el eje del dispositivo, con información por demás centralizada y escasos o nulos ámbitos de debate colectivo”, esto es válido sólo según cómo se lo toma. Al eje del dispositivo (el matrimonio Kirchner) le importan un bledo los ámbitos de debate colectivo, pero los ámbitos de debate colectivo se están poniendo a debatir sin pedirles permiso: no le piden permiso al gobierno para defenderlo, no le piden su bendición, establecen las condiciones de su defensa, y algo en el torpe e inadecuado discurso que la presidenta dio en la plaza parece reconocer que se está armando una corriente de opinión con esas características.
Quiero decir: no hay probablemente un nuevo sujeto político, no hay capacidad de organización, pero empieza a aparecer algo así como un clima, o como “manchones de clima”, que antes no estaban. Personalmente, soy escéptico en cuanto a que pueda conformarse un nuevo sujeto político “desbordante”, como imagina HAL
Concuerdo con que “la incorporación de consignas progresistas, la construcción de un relato con sesgos progresistas e, incluso, intervenciones que merecen ser identificadas como progresistas son hechos saludables pero no debe hacernos olvidar que lo que está en juego es la recomposición del orden capitalista y la capacidad de disciplinamiento del aparato estatal. Aún sin descartarlo de plano, parece poco probable que los líderes de ese proceso estén dispuestos a favorecer una democratización sustantiva de las relaciones de poder.” Así es, pero los relatos y las intervenciones con sesgos progresistas (no me gusta esa palabra, prefiero decir “distribucionistas” o “con sentido popular”) dejan abierto algo, aunque más no sea: no es por casualidad que en los 80 alfonsinistas, postdictatoriales y dosdemoniados, hubiera toda una serie de términos, frases, referencias y símbolos en los que era imposible siquiera pensar. La presencia o ausencia de ciertas palabras, ciertos discursos, pesa, juega algún papel.
La gran pregunta, la pregunta de oro, que lanza HAL, para mí, es: “suponiendo que finalmente viera la luz el mentado nuevo sujeto político, ¿encontraría en el Gobierno un aliado o un obstáculo para recorrer ese camino que media entre expectativas y resultados? Puesto de otro modo, ¿el Gobierno se ve imposibilitado de avanzar en ese sentido por ausencia de un sujeto político que lo empuje/acompañe o ese sujeto es una amenaza para sus propios intereses y objetivos?” Ya sabemos qué respondería HAL, y yo respondería lo mismo. Lo que de todos modos no tiene por qué impedir intentarlo. Si eso ocurre, se verá qué hacer, y no me atrevo a poner la mano en el fuego por ninguno de los dos pronósticos posibles. Tal como están las cosas hoy uno aparece como el más factible de cajón, pero en la historia las cosas suelen moverse.
Al margen: un hallazgo el de Primo Louis: “La Gente” vs. “El pueblo” Sí. Entendiendo las connotaciones ideológicas que con el tiempo adquirieron uno y otro significante. Dos proyectos, dos modos de pensarse ciudadano, claramente enfrentados, incompatibles. Es por eso que no hay modo de llegar a conciliación alguna. Ya no sólo entre el sector que, con distintos matices y distintas posiciones, quiere sostener la continuidad del gobierno, y el que se encuadra con “el campo”. No: no hay posibilidad de entendernos, en ese sentido, entre mi compañero de ascensor y yo, entre mi compañera de laburo y sus padres profesionales, con los que en estos días renunció a hablar de polìtica.

(leído por acá)
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No quisiera agregar nada a todo lo (mucho y, en muchos casos, bueno) que ya se ha dicho en torno al conflicto disparado por las retenciones. Pero, si de política doméstica se trata miren la joyita periodística que regalan hoy los muchachos de La Nación sobre el acto de ayer en Plaza de Mayo. Como diría mi amigo Escriba: Mide, Mide!!!

Julio / Sábado 5 o Miércoles 16, de 9 a 13 y de 14 a 18 hs.

CREATIVIDAD Y EMOCIONALIDAD EN EL ARTE DE VIVIR


A lo largo del registro de la historia la idea de llegar a "ser quien uno es" ha provocado miradas vacías. La gente pregunta: ¿Llegar a ser quien sos? ¿Qué, no se hace eso automáticamente de cualquier modo? Sí, pero a un ritmo que se puede mejorar.
En este seminario de una jornada se trabajará:
-Identificación del sistema de creencias vinculado con la creatividad.
-Reconocimiento de los procesos emocionales y su relación con la actividad artística.
-Establecimiento de la relación entre necesidad y arte.
-Humanidad e integralidad: cómo encontrar la medida para aplicar lo anterior en la vida cotidiana.

Metodología: Introducciones teóricas y ejercicios prácticos para generar un registro de los objetivos antes expuestos
Destinado a: Todas aquellas personas interesadas en la búsqueda propuesta

Seminario de una jornada:
-Sábado 5 de julio de 9 a 13 y de 14 a 18 hs. ó
-Miércoles 16 de julio de 9 a 13 y de 14 a 18 hs.
Coordinan: Ing. Nelson A Perez y Psic. Fabián Rubén Zilli

Inscripción abierta del 3 a 27 de junio, de martes a viernes de 9 a 14 hs. personalmente en el CEC.
+ info: 4802245/940 int. 112 de martes a viernes de 9 a 14 hs. o enviando un mail desde aquí

(...) El involucramiento de los transportistas resultó decisivo en la orientación del conflicto: el hecho de que los dueños de camiones corten las rutas permite neutralizar el deterioro que esta metodología produce en el prestigio social de la protesta agraria.

La jugada aparece exacta, dentro de este diabólico ajedrez en el que se ha convertido este conflicto. Menos claro y transparente luce el objetivo final que persigue la Federación Agraria, bajo la conducción efectiva de De Angeli. Si uno creyera que se trata de gente ingenua, o poco experimentada, o muy mal asesorada, podría pensar que la meta es, efectivamente, que el Gobierno retrotraiga la situación al punto en el que estaba antes de la resolución que creó el esquema de retenciones móviles. En una lectura extremadamente corporativa y particularista del conflicto, esa interpretación es posible; es el triunfo de una lucha y la vida sigue...

Pero la política es un poco diferente. Cuando los poderes fácticos (militares, industriales, agrarios o potencias extranjeras) logran torcer el rumbo de un gobierno, en aspectos materiales o simbólicos centrales, el destino de ese gobierno está sellado. No hace falta ir fuera de nuestras fronteras para verificarlo. Podemos pensar en Frondizi y los planteos militares contra su política de apertura hacia el peronismo; o en Alfonsín y las concesiones en su política de juicios a los responsables del terrorismo de Estado. Estamos pensando, claro está, en aquellos presidentes que tomaron en serio la autonomía del Estado y desafiaron al establishment, y no en aquellos que se dispusieron desde el primer día a obedecer su voluntad. Aquello que algunos califican como la obstinación “infantil” de los Kirchner en la defensa de sus decisiones cruciales es, desde este punto de vista, un activo de la democracia argentina. Establecer a fondo la primacía del poder surgido de la soberanía popular sobre los poderes fácticos es un desafío que todavía está pendiente para la democracia argentina. Y es la cuestión principal que se juega en estos días en la Argentina. La cuestión del diálogo con los sectores involucrados en el diferendo es importante, pero solamente subordinada a lo esencial: la defensa de la autoridad del gobierno constitucional.

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Hay que ser prudentes y guardar las proporciones: no es lo mismo lanzarse a ver Titanic con la noble intención de ayudar a una productora lejana y desconocida a salvar la ropa que asistir al acto ruralista de Rosario para apoyar al campo en su esforzada tarea de resistir a la aplicación de un impuesto. No es lo mismo, desde luego, pero la tendencia, la pasión por el poder del dinero de los otros es muy similar y se puede observar en muchas otras situaciones: mi madre, que era una humilde costurera antes de abandonar la Rusia de sus desdichas, hablaba con unción de las princesas y lo bien que estaban ataviadas. El cuadro es tal vez, exagerando un poco, lo que el escasamente inteligible Hegel llamó la dialéctica del amo y del esclavo. El amo puede ser implacable, el esclavo adora lo que el amo tiene y se identifica, no con la persona de la cual puede pensar que es un haragán, aprovechado, despótico o cretino, sino con los bienes que posee –en este caso la tierra, las vacas, la soja, el girasol, el trigo, las cuatro por cuatro, las avionetas–, vicariamente goza con lo que le falta y que el otro, el amo, tiene en exceso. Pero raras veces, saliendo del ensueño de identificación, se le ocurre que en lo que el amo tiene en exceso está lo que a él le falta. En todo caso, si siente la falta, en estos días tal vez sólo el aumento de los precios, se lo puede achacar a un tercero en discordia, el Gobierno. Y eso es una buena y fácil salida intelectual: “Piove, Governo ladro; non piove, Governo ladro”.


(gracias, abuelito)
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(...) Entre las segundas, los traspiés electorales y políticos en que el Gobierno incurrió desde 2005 y que lo fueron distanciando de los sectores medios. Con una lectura antojadiza del resultado de aquellas elecciones legislativas (donde obtuvo el 38 por ciento de los votos y perdió algunos diputados), y quizás un más realista temor ante la persistente fortaleza de los barones peronistas del conurbano y el interior, Kirchner se lanzó entonces a consolidar su dominio sobre el sistema político a través de la reforma de la Magistratura, los poderes presupuestarios especiales, los decretos de necesidad y urgencia con sanción tácita, el despido de Lavagna y la concentración en sus manos del manejo de la economía. Pero el rechazo público y el reagrupamiento opositor generado por aquellas reformas institucionales, el rebrote inflacionario y la solución hallada en la intervención del Indec, la crisis energética y, como punto culminante, la serie de traspiés en distritos todavía competitivos, fueron mostrando el abismo que cada paso orientado a dominar al peronismo y fortalecer su poder institucional abría en la relación con los sectores progresistas e independientes de clase media que inicialmente lo habían acompañado.

Ante esta evidencia, el Presidente debió recostarse más y más en los jefes peronistas a quienes en principio había despreciado. Pero lo hizo sin abandonar el sueño de la coalición transversal. De modo que consumió dos largos años estimulando y subsidiando el consumo de clase media, ignorando que ésta sacaría oportuno provecho de ello y luego votaría pensando en el trato a la prensa, la inseguridad, la manipulación de los índices y otros asuntos espirituales, no materiales. No por ser “gorilas”, acusación que resulta no sólo inoportuna, al estar motivada en el despecho por el esfuerzo de seducción desatendido, sino técnicamente desacertada: no es que, como en los años ’50, estos sectores se sientan amenazados por el peronismo, al contrario, saben muy bien que él los salvó, sólo que creen que lo hizo porque se lo merecían, y que se merecen mucho más.

(leído por acá. Ah, sí: el resaltado es mío...)
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Les dejo esta data sobre una jornada que organiza el Instituto de Comunicación Humana (ICH). No me pregunten quiénes son porque es la primera vez que oigo esa sigla, pero parece copado...

Los invitamos a un curso apropiado para la época que vivimos,
hay tiempo hasta el 14 de junio para nscribirse al primer encuentro que es el sábado 28 de junio.
Participen, no se lo pierdan...

Curso: Escenas de la Vida Posmoderna

Temario: 1º Las enfermedades sociales del siglo XXI

2º El suicidio

3º Las nuevas familias-Redes sociales

4º Arte-terapia

Docente a cargo: Lic. Karina Mirich

Esta actividad tendrá como objetivo investigar algunos de los rasgos significativos de los tiempos actuales, los llamados “posmodernos”, para ir comprendiendo, a través de la descripción y la reflexión de dichos rasgos, el contexto social y cultural en el que estamos participando; un contexto dentro del cual, la diferencia y la diversidad no sólo se toleran sino que se celebran, dando lugar a la multiplicidad.

Día y horario: sábados de 10 a 13 hs

Destinatarios: todo público

Duración total del curso: 4 meses

(junio, agosto, octubre, diciembre)

Fecha primer encuentro: sábado 28 de junio

Arancel: $50.- por mes

Frecuencia: un encuentro bimensual

Lugar: Sede I.C.H. Cerrito 1332. Rosario

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Para redistribuir hay que discutir toda la renta empresarial

Por Javier Lindenboim*
10.06.2008

En las últimas semanas probablemente se han batido muchos récords algunos de los cuales resultan impresionantes. Se habló de oligarquía y de oligarcas. Se habló de golpes de Estado y de golpistas. Se habló de distribución del ingreso y de los fondos necesarios para ello. Se habló de modelo y de la necesidad de cambios de modelo. Se habló de la necesidad de recordar a quienes no tienen trabajo. De la necesidad de atender a quienes tienen hambre.

No es el caso de detenernos ahora en la sorpresa que deriva del hecho de que se apele tanto al desempleo como al hambre en nombre de un Gobierno que afirma (y en gran medida con fundamento) haber librado una batalla exitosa en materia de desocupación y de pobreza e indigencia. Tampoco es ahora oportuno poner en cuestión las cifras resultantes de estadísticas oficiales que han perdido credibilidad de manera tal que no se encuentran en la memoria circunstancias tan desafortunadas.

Detengámonos, sí, en un par de cuestiones que parecen relevantes. Ante todo, en un aspecto meneado hasta el cansancio: el de la distribución del ingreso. A los efectos argumentales, los defensores a ultranza de las medidas oficiales sostienen que el decreto cuestionado de marzo último es poco menos que la panacea en materia distributiva. Sin embargo, hay algunos puntos que vale la pena hacer más nítidos.

Veamos. Hasta febrero pasado, la tasa de imposición a ciertas exportaciones primarias no era despreciable (35% en el caso de la soja). Según los datos del Ministerio de Economía, el año pasado se recaudaron más de 200 mil millones de pesos. De ellos apenas el 10% estuvo formado por todas las retenciones, incluidas las agropecuarias. De donde el debate por la modificación de las alícuotas (fuera del paso de la modalidad fija a móvil) significa un incremento de uno o dos por ciento de los ingresos fiscales. Parece una magnitud exigua para basar en ella la alternativa de poder (o no) redistribuir ingresos en la Argentina de 2008.

Por otro lado, es evidente que ninguno de los ingresos fiscales cubre a priori cualquier erogación del Estado. Si así fuese, podría decirse que todas las retenciones a la exportación alcanzarían en 2008 para pagar los intereses de la deuda pública.

El Producto Bruto Interno a precios de mercado de 2007 fue poco más de 800 mil millones de pesos. Todo el aporte del sector primario fue de 100 mil millones de los cuales un tercio se originaron en la minería. Por tanto, es verdad como dijo el jefe de Gabinete que el aporte cuantitativo del sector agropecuario es bajo (menos de 70 mil millones). Dichos 70 mil millones se reparten entre asalariados y patrones. ¿Estará allí la ganancia que debería repartirse mejor? Es probable que en parte sí, pero ese excedente no es mucho más que el 10% de toda la renta empresaria.

No debe omitirse, además, algo esencial. Los productores agropecuarios no dominan la cadena agroalimentaria. Los ingresos mayoritarios dentro de lo que configura la ganancia del capital son explicados de manera predominante por los sectores concentrados (con aptitud para formar precios) que son, casualmente, los que se han cansado de firmar acuerdos –inefectivos– para la contención de esos precios. Además, la participación salarial en la renta (pese a haber mejorado entre 2002 y 2006) todavía no alcanzó los bajos niveles del fin de la convertibilidad.

De donde se deriva que con ser indudablemente relevante la disposición de fondos para redistribuir a través de la acción del Estado, se trata de captarlos efectivamente pero, además y principalmente, se trata de reordenar la discusión de manera que se pueda debatir acerca de la manera de repartir los ingresos entre capital y trabajo, lo cual no es una gracia divina precisamente.

No debe olvidarse que la redistribución es más necesaria cuanto peor es la distribución primaria o funcional del ingreso. Hoy, cuando el desempleo disminuyó notablemente, se ve claramente que el “derrame” resultante de la política oficial consistió básicamente en facilitar la creación de puestos de trabajo. Pero si la pobreza se resiste a caer significativamente es porque en la Argentina, como sucede de manera cada vez más evidente y pronunciada en otras latitudes capitalistas, tener trabajo no alcanza para salir de la pobreza.

* Investigador del Conicet

(Fuente: Crítica Digital)
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Fases de la lucha antineoliberal


La lucha contra el neoliberalismo ya tiene historia y pasó por diversas fases –desde la resistencia, al inicio de la construcción de alternativas– y enfrenta ahora la contraofensiva de la derecha. En el año de lanzamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte –1994– los zapatistas convocaron a resistir la nueva ola hegemónica. Ignacio Ramonet llamaba, desde un editorial de Le Monde Diplomatique –1997–, a luchar contra el “pensamiento único” y el Consenso de Washington. El Foro Social Mundial –2001– convocaba a la construcción de “otro mundo posible”. Las manifestaciones contra la Organización Mundial de Comercio (OMC), que se iniciaron en Seattle –2001–, revelaban la extensión del malestar contra el nuevo modelo hegemónico a la vez que exhibían el potencial de la lucha popular. Era una fase de resistencia, defensiva, frente al cambio regresivo de proporciones históricas gigantescas operado por el pasaje de un mundo bipolar a otro unipolar –bajo la hegemonía imperial estadunidense–, de un modelo regulador a uno neoliberal.

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“El Gobierno” y “El Campo”. La polarización existe, pero es relativa, y tiene muchos matices. Entre los que salieron a decir que están contra los dos bandos recuerdo a Atilio Borón, a Tomás Abraham, a Raúl Cerdeiras, a Claudio Lozano, desde perspectivas discrepantes entre sí. Pero además somos muchos los que, aunque no aceptamos situarnos al margen, tampoco aceptamos que, por oponernos a la movida política iniciada por “El Campo” en marzo, se interprete que defendemos las posiciones que adopta el Gobierno. No acepto la opción “con El Gobierno o con El Campo” ni acepto estar al margen. Yo no estoy “con El Gobierno”, estoy “contra El Campo”. Pero siempre que cuando digo “El Campo” se entienda que no hablo del campo real y ni siquiera de las cuatro entidades empresarias que usufructúan esa denominación sino de un importante movimiento político que estalló en marzo a partir del anuncio de las retenciones móviles y cuyo contenido excede en mucho el tema de las retenciones, e incluso excede la problemática agropecuaria. Según lo entiendo, “El Campo” es hoy un significante que adquirió contenido propio y que designa a un movimiento político de hecho, que se niega a reconocerse como tal, en el que participan tanto las asociaciones empresarias rurales como la Coalición Cívica, la UCR, el PRO, Duhalde, Rodríguez Saa y De Narváez, entre otros, junto con algunos de los más conocidos opinólogos de TV o conductores de programas de radio (un caso paradigmático es Ari Paluch). Si bien también participan con entusiasmo algunas de la sectas de la izquierda autorreferida como el MST y el PCR, su función es apenas la de la frutilla de la torta: a El Campo les viene bien que estén pero nada más que como adorno o para enfrentar al gobierno: en cuanto dejen de servirles se los van a sacar de encima o los van a aplastar, porque lo que se mueve tras El Campo es un proyecto de derecha, que viene a reinstalar gran parte de lo que se revirtió a partir de fines de 2001. Es una apuesta a un país más chico, más restringido, más excluyente, más desigual, menos independiente en materia de política exterior, al margen de lo que pueda pensar Buzzi –qué piensa realmente es para mí un enigma insondable: me atengo a ver lo que hace y en qué proceso se inserta lo que hace– o de lo que piense De Gennaro cuando dialoga con Buzzi. No digo que todos los chacareros que están cortando las rutas tengan un proyecto de restitución de lo ocurrido durante los 90: seguramente muchos sólo quieren que les ingrese más dinero por el trigo o la soja, pero objetivamente pasan a formar parte de ese gran movimiento de derecha, y la cuestión es quién decide el rumbo.

(Al fin encuentro a alguien que piensa como yo! Ya empezaba a sentirme un poquito 'ahogado' por la atmósfera que se está viviendo en la Pampa húmeda. Ya lo anticipó Barcelona: al final el único ganador va a ser Clarín... Por eso estoy muy piola)
Por: Claudio Lozano (IEF - CTA)

Es indispensable percibir que el año 2007 objetiva un punto de inflexión en la coyuntura política del país que se expresa en tres dimensiones:

a) Puesta en cuestión (en algunos casos agotamiento) de las condiciones económicas que hicieron posible la fase de crecimiento 2002-2007.

b) Cambio en la subjetividad social.

c) Consolidación de un sistema político signado por una gobernabilidad conservadora.

En el plano económico puede decirse que todas las condiciones que hicieron posible la fase de recuperación del período 2002-07 están puestas en cuestión. La primera diferencia se expresa en las condiciones que exhibe la coyuntura internacional. Más allá del mantenimiento de precios elevados para los productos que la Argentina coloca en el mundo, la evidencia del proceso recesivo en los Estados Unidos pone sobre el escenario interrogantes importantes. No sólo aquellos relativos a la suba de los costos para el financiamiento de nuestra economía en un contexto donde se elevan los vencimientos por deuda pública, sino también aquellos que remiten a la duración que tendrá la recesión, a la extensión que ésta pueda tener sobre los países de Europa, a los efectos que producirá sobre el crecimiento económico de quienes le venden al Norte y nos compran a nosotros (Ej.: China, Brasil, etc.), o al carácter coyuntural o estructural de una crisis global, donde puede estar discutiéndose, incluso, un cambio de predominios en la economía global.

En suma, son demasiados elementos para pensar que con las reservas, el tipo de cambio flexible y el superávit fiscal pueda alcanzar. En coyunturas como estas, la densidad y diversidad productiva, el desarrollo tecnológico, y la capacidad de decisión soberana sobre el proceso de inversión adquieren especial importancia. Aspectos estos que no han estado en la agenda de los últimos años y que, nos encuentran hoy, en una matriz productiva que si bien ha crecido no se ha diversificado y con una cúpula empresaria donde el predominio trasnacional es absoluto. Es más, podría decirse que la aceptación pasiva de los precios que hasta hoy nos brinda la economía mundial (altos precios para los alimentos y las commodities así como bajos precios para la adquisición de maquinarias y equipos) tiende a consolidar la matriz primaria, extractiva y de baja densidad productiva que hoy caracteriza a nuestro país.

(texto completo, acá)