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Jubilaciones: proyecto con final abierto, por Julio Sevares para IEco

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La evidencia estridente del carácter ideológico-político de la hostilidad antigubernamental, pese a los distintos disfraces que utiliza, la proporcionó el sitio “on-line” del matutino La Nación, tribuna dogmática del antiperonismo, cuyos redactores deben referirse al golpe de Estado de 1955 sin comillas y con las primeras letras en mayúscula cuando escriban “revolución libertadora”, y cuyo lenguaje editorial por años mencionó a Juan Perón como el “tirano prófugo”. Pese a esos antecedentes, esta semana reprodujo en texto y video fragmentos de un discurso de 1973 del fundador del justicialismo que condenaba el saqueo de las cajas de jubilaciones por el gobierno de los “libertadores”, usando la cita como argumento suplementario al rechazo actual, treinta y cinco años después, de la decisión de la presidenta Cristina de unificar al régimen previsional en el sistema solidario de reparto del Estado. De donde el diario centenario de los Mitre resultaría el severo guardián de la pureza doctrinaria del peronismo, sugiriendo que el actual gobierno la estaría traicionando. En algo no le falta razón al matutino porteño: los privatizadores de los años ’90 eran peronistas del menemato y realizaron el saqueo en nombre de la presunta modernización del legado partidario (...)
(Algún día) Quiero escribir como el Negro Pasquini Durán. Definitivamente.
(...) La TV pública cedió el entretenimiento en pos de hacer cultura, educación y democracia para un puñadito de televidentes minúsculo. El primer error fue cederles el entretenimiento a los mercaderes, como si no fuera una necesidad humana. Es más: la gente tiene el derecho a entretenerse. Y la TV pública tiene la obligación de entretener a la ciudadanía gratuitamente. El entretenimiento no tiene nada de malo si apunta a los sentimientos y está bien contado, si no pone el énfasis en el contenido y sí en el relato, si hace hincapié en los argumentos emocionales y no en los racionales, si se piensa en lo popular en vez de en lo que se considera “lo culto”. Y el segundo error es que la TV privada, para cumplir con sus objetivos, enfatiza en los formatos y en la narración, mientras que las públicas enfatizan únicamente en los contenidos, perdiendo la máquina narrativa como motor de cambio social. (...)
Omar Rincón, en Página/12 de hoy
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Imperdible.
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Una mano negra e invisible

Por Eliseo Verón*, para Perfil

En relación con la crisis económica global, tema central de los medios de todo el mundo, hubo en estos últimos días algunos comentarios acerca de la necesidad que tiene George Bush de mostrarse activo e íntimamente ligado a lo que está pasando, para no dar la misma sensación de distancia y de ausencia que el presidente transmitió cuando se produjo la catástrofe del huracán Katrina en Nueva Orleans (sentimiento de ausencia que, como se recordará, marcó su mandato desde el inicio, el día del atentado a las Torres Gemelas). El comentario pasó tal vez desapercibido dentro de la gigantesca ola de discursos mediáticos sobre la crisis, pero tiene la ventaja de ser un síntoma que explicita, de manera casi transparente, una de las dimensiones fundamentales de la mediatización de la crisis actual: presupone un paralelo implícito entre ambas situaciones: la crisis financiera y el huracán Katrina. ¿Se podrá considerar que se trata de situaciones del mismo tipo?

Veamos algunas expresiones tomadas de los diarios, a propósito de la crisis. Las referencias corresponden aquí a la prensa nacional, pero una rápida exploración permite comprobar que el tono extremo del discurso ha sido más o menos el mismo en los principales medios informativos del mundo. En cuanto a la construcción del acontecimiento: “derrumbe”; “terremoto”; “al borde del colapso”; “tormenta”; “debacle”; “incendio”; “tembladeral”; “nubes oscuras”; “huracán”; “deudas tóxicas”; “turbulencias”; “entidades hundidas en el pantano”; “honda expansiva”; “tsunami”; “parálisis de los vasos capilares del sistema”; “jornada aciaga”; “hundirse sin remedio”. En cuanto a la construcción de la reacción al acontecimiento: “alarma global”; “el mundo en alerta”; “desesperado intento”; “colosal salvataje”; “clima de pánico”. Algunas expresiones tienen la autoría de nuestra Presidenta: “Estamos viendo cómo ese Primer Mundo (…) se derrumba como una burbuja”; “la Argentina está firme en medio de la marejada”. ¿Habrá que tomar todo esto como una confirmación de la hipótesis líquida de algún autor de moda?

No parece exagerado afirmar que los medios están masivamente construyendo la actual crisis económica a través de ese bien conocido procedimiento discursivo consistente en naturalizar los fenómenos sociales, procedimiento que ya Roland Barthes había sabido detectar, al dar inicio a la semiología contemporánea a mediados del siglo pasado, como el núcleo ideológico de la mitología contemporánea.

El derrumbe del sistema financiero de los Estados Unidos, que amenaza al mercado mundial globalizado, tiene el carácter insólito, opaco, sorpresivo y salvaje de un huracán del Caribe. Es una suerte de catástrofe natural, aunque la descripción, en algunos casos, tenga ribetes cuasi religiosos de fin del mundo, una tonalidad bíblica que trae a la memoria a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

No hay pues culpables, al menos a la luz del modelo del racional choice, del actor económico orientado por la elección racional. Ese modelo, todavía dominante en la mayoría de los departamentos de economía de las universidades del mundo, parece funcionar en los períodos en que el ciclo económico se comporta como un buen alumno, y persiste, entre otras cosas, porque esa comunidad académica no está dispuesta a perder el capital simbólico y político que acumuló durante muchos años, aunque resulten cada vez más claras las contradicciones conceptuales de la teoría y su carácter astutamente tautológico y empíricamente no verificable.

En los corredores de la academia se puede discutir la plausibilidad de una teoría que supone el uso instrumental de toda la información necesaria, en una situación dada, para tomar la decisión económica y racional adecuada, aunque todos sepamos que los actores económicos no satisfacen esa condición. Pero, cuando los académicos salen de la academia y entran en el espacio público, descubrimos que la economía como ciencia es una rama de la meteorología y se nos explica que lo que ocurre es que a veces, sorpresivamente, la mano invisible (¿de Dios?), no se sabe por qué, en lugar de armonizar en un todo equilibrado las motivaciones individuales de los actores económicos, propina una resonante cachetada.

Pero entonces, la cuestión es quién recibe esa cachetada. Porque si al parecer no hay culpables, hay sí actores identificados: corporaciones, CEO’s, gerentes, operadores, políticos, funcionarios públicos, intermediarios, lobistas. Y si la naturalización de la crisis financiera permite borrar los culpables es para que haya, eso sí, ganadores y perdedores.

Paradójicamente, este momento clave que estamos viviendo, revelador del funcionamiento de la maquinaria financiera del capitalismo más avanzado, vuelve inocentes a los responsables identificados y transforma en víctimas a los que no tienen nombre: son todos los ciudadanos norteamericanos los que van a pagar con el dinero público y muchos de ellos a través de los innumerables dramas cotidianos de quienes ya han perdido, o van a perder, sus casas o sus empleos.

Curiosa, esta mano invisible. Podríamos decir que es una mano negra, pero desgraciadamente, la marca la tiene registrada Manu Chao. Como él dice: la vida es bella… y el mundo está podrido, la vie est belle, le monde pourri.


*Semiólogo.
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La lengua se jacta más de lo que obliga a decir que de lo que prohíbe decir. La lengua madejada por el lenguaje político y periodístico chorrea significados colaterales que siguen soplando el oído de la gente aun cuando las palabras se extinguieron. En materia intelectual, Barthes distinguía entre “descomponer” y “destruir”. Asumía que la tarea del intelectual es “descomponer” la conciencia burguesa, no “destruirla”. No por una elección, sino por dialéctica: sin condiciones prerrevolucionarias, como no las había en la Francia del ’50 ni en casi ninguna parte hoy, la “destrucción” implica un salto al vacío. “Mientras que al descomponer, acepto acompañar esta descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro, me aferro y arrastro conmigo.” Esa es la razón por la que es bueno, cada tanto, descomponer palabras.

De "Setentismo", por Sandra Russo para Página12
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Una vez llegó al pueblo un señor, bien vestido y muy agradable, se instaló en el único hotel que había, y puso un aviso en la única página del periódico local, que está dispuesto a comprar a los campesinos lugareños, para mejorar sus ingresos, cada mono que le traigan por $10.

Los campesinos, que sabían que el bosque estaba lleno de monos, salieron corriendo a cazar monos. El hombre compró, como había prometido en el aviso, los cientos de monos que le trajeron a $10 cada uno sin chistar.
Pero, como ya quedaban muy pocos monos en el bosque, y era difícil cazarlos, los campesinos perdieron interés, entonces el hombre ofreció $20 por cada mono,
y los campesinos corrieron otra vez al bosque. Nuevamente, fueron mermando los monos, y el hombre elevó la oferta a $25, y los campesinos volvieron al bosque, cazando los pocos monos que quedaban, hasta que ya era casi imposible encontrar uno.
Llegado a este punto, el hombre ofreció $50 por cada mono, pero, como tenía negocios que atender en la ciudad, dejaría a cargo de su ayudante, el negocio de la compra de monos.
Una vez que viajó el hombre a la ciudad, su ayudante se dirigió a los campesinos diciéndoles:
-Fíjense en esta jaula llena de miles de monos que mi jefe compró para su colección. Yo les ofrezco venderles a ustedes los monos por $35, y cuando el jefe regrese de la ciudad, se los venden por $50 cada uno-.

Los campesinos juntaron todos sus ahorros y compraron los miles de monos que había en la gran jaula, y esperaron el regreso del 'jefe'. Desde ese día, no volvieron a ver ni al ayudante ni al jefe. Lo único que vieron fue la jaula llena de monos que compraron con sus ahorros de toda la vida.

Ahora tienen ustedes una noción bien clara de cómo funciona el Mercado de Valores y la Bolsa.

(gracias a Pitunob)
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Presentación del libro


En tu ardor y en tu frío

Arte y política en Theodor Adorno y Gilles Deleuze



Autores: Esteban Dipaola y Nuria Yabkowski

Editorial Paidós



Miércoles 8 de octubre 19 hs, Bar del Centro de Expresiones
Contemporáneas, Bajada Sargento Cabral y el Río Paraná



Hablarán:

Ricardo Diviani (Docente de la UNR)

Sandra Valdettaro (Docente de la UNR)


Invita: Cátedra Bla(st)


Este ensayo coloca en interrelación los pensamientos de Gilles Deleuze y Theodor Adorno, haciendo confluir sus ideas en lo que respecta a las cuestiones relativas al arte y la política. El pensamiento de la emancipación, se sostiene, ha sido de un profundo interés para ambos pensadores y entre ellos pueden encontrarse numerosas similitudes sobre las condiciones actuales de desarrollo del “capitalismo tardío”.

La crítica, la utopía y la diferencia (o la no-identidad para el caso de
Adorno) son momentos imprescindibles para pensar las inquietudes que llevaron a Adorno y a Deleuze a pensar nuestro tiempo. Así, las nociones de Identidad, de Representación, de Razón occidental y todo pensamiento que se sostenga en una idea de Totalidad, es cuestionado desde las posiciones que frente a tales problemas asumieron estos autores, sin por ello caer en reduccionismos ni en relativismos.

Así, la política es pensada conjuntamente con el arte y, en esta investigación que realizan Esteban Dipaola y Nuria Yabkowski, especialmente en relación con la estética y la narrativa cinematográfica. El cine, de esta forma, se convierte en un lugar desde el cual pensar y hacer filosofía crítica sobre las condiciones actuales